Columnista

Gabriela Romeu

Por: Gabriela Romeu

“(…) la infancia es el devenir; sin pacto, sin falta, sin fin, sin captura; es desequilibrio; búsqueda; nuevos territorios; nomadismo; encuentro; multiplicidad en proceso, diferencia, experiencia. Diferencia no numérica, y sí la diferencia en sí misma; diferencia libre de presupuestos. Vida experimentada; expresión de vida; vida en movimiento; vida en experiencia.”

Entre los muchos encuentros productivos promovidos durante el comKids – Prix Jeunesse Iberoamericano 2013, quizás el más provocador haya ocurrido con el filósofo argentino Walter Kohan, que invitó a la audiencia de productores, directores, editores, animadores, entre otros profesionales dedicados a la producción cultural para niños, a inaugurar un ciclo de preguntas sobre su propio hacer y sus concepciones sobre la infancia.

En un diálogo con la audiencia, el profesor titular de Filosofía de la Educación de la UERJ (Universidad del Estado del Río de Janeiro) dio inicio cuestionando el lugar en el cual el mundo adulto sitúa a la infancia – un devenir, un tiempo meramente cronológico y de pasaje. O una “cajita” en la que depositamos todo los mejores y bien intencionados contenidos que producimos.

Kohan compartió con nosotros que, cuando comenzó un trabajo en el campo de la filosofía con niños en las escuelas, imaginaba poder hacer filosofía para niños para que ellos pudieran pensar lo que no pensaban. Sin embargo, fue entendiendo que no iba a ser la filosofía quien educaría a la infancia, sino que la infancia educaría a la propia filosofía. Filosofar, sintetizó, es sorprenderse con el mundo, así como lo hacen los niños.

Para hablar de filosofía, rescató la “infancia” del pensamiento filosófico, que nació en la Grecia antigua, con Sócrates, que decía que una vida sin preguntas no merecía ser vivida.

Pensar la infancia exige pensar el tiempo, explicó Kohan. Para los griegos de la Antigüedad, tres palabras diferentes indicaban el tiempo o la idea de temporalidad: Cronos, Kairós y Aión.

Cronos, definido como el “número del movimiento según el antes y el después”, es la medida del tiempo, un tiempo irrecobrable. Según Cronos, el tiempo es pasado y futuro. Nadie puede detener Cronos, el tiempo de las previsiones y de los calendarios. Kairós es el tiempo como oportunidad. Los movimientos en Kairós no son cualitativamente iguales. Si en Cronos los segundos son los mismos, un minuto puede ser muy diferente al otro en Kairós.

La tercera dimensión del tiempo es Aión, que es el tiempo de la experiencia, de lo que ocurre, del pensamiento, de la contemplación. Es el tiempo experimentado y no lo que transcurre exactamente. Aión es también el tiempo del jugar de un niño. “Aión es un niño que juega, su reino es el de un niño”, según Heráclito.

Mientras los adultos gobiernan en Cronos, los niños reinan en Aión. Cuando un niño juega, no está instalado en Cronos. Matamos el juego cuando lo delimitamos con las agujas de un reloj. Aquel que juega respeta el tiempo del juego, que es diferente del tiempo de la agenda o del compromiso.

Entonces ¿qué es la infancia en relación al tiempo? Bajo la regencia de Cronos, los niñoscrecen acompañando calendarios y tienen sus cotidianos circunscritos a agendas estresadas. La producción cultural para la infancia está también dividida en franjas de edad (películas indicadas para los que tienen entre 7 y 11 años, por ejemplo). Es una vida pensada en etapas.

Kohan, sin embargo, nos invita a entrar a la infancia por la puerta de Aión. Así, la infancia no es sólo cuestión de edad; es condición de la experiencia. “Si la infancia no es sólo una experiencia cronológica, sino que una experiencia aiónica, estar dentro o fuera de la infancia no tiene que ver con cuantos años uno tiene. Sólo tenemos que salir a la calle y ver que muchos niños no tienen experiencia de infancia y también que hay muchas experiencias de infancia fuera de la edad cronológica de los niños”, ejemplifica el profesor de filosofía.

Siguiendo la lógica del pensar filosófico, Kohan ha vuelto a preguntarle a la audiencia:
“¿Por qué llevamos el pensamiento o el arte a la infancia?”.
“Para que ellos, los niños, se desarrollen”, contestó alguien.
“Pero si son ellos que se van a desarrollar ¿por qué tenemos nosotros que llevarles eso?”, volvió a preguntar el profesor.
“Es para provocar más preguntas, generar curiosidad”, otra persona añadió. “Y los niños ya no están llenos de preguntas”, insistió el filósofo.
“Creo que en verdad llevamos respuestas”, opinó otra persona.

“¿Sabemos de hecho algo sobre la infancia?”, indagó Kohan, explicando una vez más lo que había explicado sobre la filosofía – cuanto más profundizamos en la filosofía, menos sabemos, ya que lo que sabíamos se trasforma en preguntas. Mientras acompañábamos el pensamiento de Kohan, fuimos caminando por una vía llena de cuestionamientos y con menos afirmaciones. Un recorrido más honesto y seguro para caminar las rutas de la infancia.
Terminamos con más preguntas, varias, sobre la infancia, la producción de contenidos para la infancia, el lugar de la infancia, entre otras cuestiones provocativas. Me acuerdo una de ellas, que reproduzco del modo más fiel que puedo aquí: “En dónde está la parada de autobuses para coger el avión correcto que nos llevará al tiempo de Aión?”.

(Felizmente no era obligatorio descubrir las respuestas…)

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Gabriela Romeu
Gabriela Romeu

Gabriela Romeu es periodista y documentalista. Es una de las idealizadoras del proyecto Infancias (www.projetoinfancias.com.br), que está documentando la vida de niños en diferentes sitios del país. En este espacio, se publican registros y vivencias del proyecto, además de otras reflexiones sobre las infancias.